Hace solo unos días fuimos testigos de algo incómodo en la inteligencia artificial: la tecnología no es neutral. Los modelos de IA avanzados, como los desarrollados por Anthropic, fueron desactivados por órdenes de seguridad nacional de Estados Unidos, utilizando argumentos de control de exportación. La directriz imponía impedir su uso por parte de “ciudadanos extranjeros”. Dado la imposibilidad técnica de distinguir la nacionalidad de cada usuario en tiempo real, la única alternativa fue apagar los modelos, dejando de estar disponibles capacidades que parecían globales para todas las personas y organizaciones.
Lo que hemos presenciado no es un incidente aislado, sino una señal clara de la geopolítica de la IA. Se rompe una de las premisas clave de la economía digital: la de que la tecnología es neutral y siempre disponible. Lo que se consideraba infraestructura global hoy comienza a comportarse como infraestructura estratégica, sujeta a reglas, intereses y decisiones políticas que trascienden a quienes usan los modelos de IA.
Este desarrollo se suma al contexto de una creciente brecha de adopción de IA. Según reportes de industria, una significativa diferencia se observa entre el norte global y el sur global, lo que no es solo una disparidad tecnológica, sino un indicador de diferencia en la productividad y la competitividad en el uso de la IA generativa.
Al mismo tiempo, la competencia tecnológica en el desarrollo de IA está altamente concentrada. Los reportes señalan que Estados Unidos lidera en infraestructura y capacidad de cómputo, mientras que China domina en patentes e investigación. Esta competencia por el control de los modelos de IA es puramente estratégica, y por definición, cualquier definición estratégica conlleva riesgos de dependencia y, eventualmente, restricciones.
Frente a este escenario global, regiones como Europa ya han reaccionado. La inauguración de fábricas de IA industrial en Múnich apunta a entregar capacidad de cómputo soberano al ecosistema local. El mensaje es claro: en la carrera por la soberanía digital, quien no construye capacidades propias corre el riesgo de operar bajo reglas ajenas.
América Latina y Chile se enfrentan a la necesidad de reevaluar su dependencia de las capacidades externas. La ilusión de un acceso libre y neutral a la IA se está desvaneciendo, dando paso a un entorno de acceso condicionado. En este nuevo orden geopolítico, depender exclusivamente de recursos externos no es eficiencia; es vulnerabilidad. Más profundamente, esta dependencia debilita nuestra capacidad de innovación y formación de talento, forzando un debate crucial sobre el costo de posponer la soberanía digital.
